viernes, 26 de febrero de 2016

Las palabras mágicas de Proust

Paul Cézanne

 

                                                      El cuadro de Cézanne
Parece como si estuviera amaneciendo, como si la puesta de sol anunciara el momento del día, la luz pareciera encandilarnos al acercar mucho la vista. Es así como tal  cual se nos presentaba en la obra; a uno le parecía indicar del inicio de la jornada, en cambio a otro podría argumentar que más bien era de inicio de medio día. Para uno el sol apenas salía, para el otro ya se está ocultando. Posiblemente nuestras perspectivas son influidas por el contexto en el cual vivíamos, todo pareciera un asunto de perspectivas; cada una formada con diferente contexto dependiendo la persona, claro está.
            Cada persona le asigna su interpretación a cada pintura, que ve; es lo hermoso del arte, es libre de interpretación al final. Uno puede ver la última cena y más allá de ver a Jesucristo con sus apóstoles en un acto religioso, uno puede interpretar la cena de un hombre con sus amigos por última vez (reducirlo de lo divino a lo mundano). En este caso, con esta pintura, algo parecido. Aquí el arte se apropia de del ser de la pintura, se desdobla y va más allá de la simple puesta de muelle o campo mostrada; parece que es lo que uno quiere que sea desde la perspectiva (tanto física como emocional) en la cual se le contemple.
            Marcel Proust en el tercer capítulo titulado, “Días”, de su inacabado libro de ensayos Contra Sainte-Beuve nos habla de las sensaciones provocadas por los sentidos y como se le les da rostro a esos sentidos; pareciera que el cuadro fue echo para que Proust, posteriormente escribiera la líneas más apegadas a la sensación de mimar este cuadro:
Así, un paisaje entero ponía toda su poesía en un ser. Así cada uno de mis vernos tuvo el rostro, la forma de un ser y la forma de un país, mejor dicho la forma misma de un sueño que era el deseo de un ser y de un país, que yo confundía en seguida…[1]
Y lo bello de eso dicho por Marcel Proust es como intenta materializar lo inmaterial: la poesía contemplarla como si fuera un paisaje. Lo curioso es como puede ser cierto eso. La pintura en sí pareciese ser un sueño inmaterial queriéndose volver tangible; esos colores tan candentes y cálidos proyectados por el sol que hacen sentir a uno cercano a la pintura, pero  a su vez contrastan con el frío del agua y la lejanía proyectada por el fondo haciendo sentir a uno que la mirada se le pierde en el horizonte. Es un sueño queriendo materializarse pero sin llegar  a conseguirlo pues su misma naturaleza se lo impide. Mientras tiene la posibilidad de hacernos imaginar cómo sería si fuese real, también nos aleja pues sabemos lo irreal que es, solo existe en nuestra visión como espectadores. Funde lo real con lo irreal, justo como un sueño, nos hace creer en su existencia, pero justo cuando creemos atraparlo y ponerle un rostro, se nos desvanece con el despertar matutino.
            Desde la perspectiva en la cual uno ve el cuadro permite crearnos en nuestra mente el rostro de la pintura; si uno ve un colorido amanecer podría figurársele encontrar una escena vivida del día cunado está empezando; o bien desde otra perspectiva más vespertina pensar en la final de una jornada y la agitación que conlleva en sí.
Tenemos un paisaje deseando llegar a ser algo, de formarse una identidad a través de sus espectadores; tiene una distinta forma asignada por cada cual de éstos, está en busca de su ser usando a terceros, sin embargo, y por lo mismo, su ser jamás está definido pues siempre dependerá del punto de vista del cual se le vea: se confunde eternamente entre amanecer o atardecer, entre un cálido momento traído desde las alturas gobernadas por esa solitaria dama o una fresca brisa llevada desde las orillas del mar. El sueño se vuelve material por momentos, efímeros momentos llenos de vida por nosotros, pero moldeados según nuestra persona (nuestra vida, el contexto del momento e inclusive nuestro estado de ánimo); la pintura no es sólo la pintura, es ella y la circunstancias.
La pintura, la cual representa un paisaje, se pone frente a nuestros ojos y nos avienta de forma abrupta su ser, sin ser curiosamente, algo concreto realmente: se encuentra incompleta hasta ser llenada con la perspectiva de cada uno de nosotros, está sin rostro alguno, más bien cubierta con una máscara, la cual se muestra todo el mundo, pero necesita ser develada a partir de cada individuo, tomarla como una ventana que está frente a nosotros y nos dejan ver lo que sólo cada uno sentimos.





[1] Proust, Contra Sainte-Beuve: contemplaciones de una mañana, p. 19

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