Paul Cézanne
El cuadro de Cézanne
Parece como si estuviera amaneciendo, como si
la puesta de sol anunciara el momento del día, la luz pareciera encandilarnos
al acercar mucho la vista. Es así como tal cual se nos presentaba en la obra; a uno le
parecía indicar del inicio de la jornada, en cambio a otro podría argumentar que
más bien era de inicio de medio día. Para uno el sol apenas salía, para el otro
ya se está ocultando. Posiblemente nuestras perspectivas son influidas por el
contexto en el cual vivíamos, todo pareciera un asunto de perspectivas; cada
una formada con diferente contexto dependiendo la persona, claro está.
Cada
persona le asigna su interpretación a cada pintura, que ve; es lo hermoso del
arte, es libre de interpretación al final. Uno puede ver la última cena y más
allá de ver a Jesucristo con sus apóstoles en un acto religioso, uno puede
interpretar la cena de un hombre con sus amigos por última vez (reducirlo de lo
divino a lo mundano). En este caso, con esta pintura, algo parecido. Aquí el
arte se apropia de del ser de la pintura, se desdobla y va más allá de la
simple puesta de muelle o campo mostrada; parece que es lo que uno quiere que
sea desde la perspectiva (tanto física como emocional) en la cual se le
contemple.
Marcel
Proust en el tercer capítulo titulado, “Días”, de su inacabado libro de ensayos
Contra Sainte-Beuve nos habla de las
sensaciones provocadas por los sentidos y como se le les da rostro a esos
sentidos; pareciera que el cuadro fue echo para que Proust, posteriormente
escribiera la líneas más apegadas a la sensación de mimar este cuadro:
Así,
un paisaje entero ponía toda su poesía en un ser. Así cada uno de mis vernos
tuvo el rostro, la forma de un ser y la forma de un país, mejor dicho la forma
misma de un sueño que era el deseo de un ser y de un país, que yo confundía en
seguida…[1]
Y lo bello de eso dicho por
Marcel Proust es como intenta materializar lo inmaterial: la poesía contemplarla
como si fuera un paisaje. Lo curioso es como puede ser cierto eso. La pintura
en sí pareciese ser un sueño inmaterial queriéndose volver tangible; esos
colores tan candentes y cálidos proyectados por el sol que hacen sentir a uno
cercano a la pintura, pero a su vez
contrastan con el frío del agua y la lejanía proyectada por el fondo haciendo
sentir a uno que la mirada se le pierde en el horizonte. Es un sueño queriendo
materializarse pero sin llegar a
conseguirlo pues su misma naturaleza se lo impide. Mientras tiene la
posibilidad de hacernos imaginar cómo sería si fuese real, también nos aleja
pues sabemos lo irreal que es, solo existe en nuestra visión como espectadores.
Funde lo real con lo irreal, justo como un sueño, nos hace creer en su existencia,
pero justo cuando creemos atraparlo y ponerle un rostro, se nos desvanece con
el despertar matutino.
Desde la perspectiva en la cual uno ve el cuadro permite
crearnos en nuestra mente el rostro de la pintura; si uno ve un colorido
amanecer podría figurársele encontrar una escena vivida del día cunado está
empezando; o bien desde otra perspectiva más vespertina pensar en la final de
una jornada y la agitación que conlleva en sí.
Tenemos un paisaje
deseando llegar a ser algo, de formarse una identidad a través de sus
espectadores; tiene una distinta forma asignada por cada cual de éstos, está en
busca de su ser usando a terceros, sin embargo, y por lo mismo, su ser jamás
está definido pues siempre dependerá del punto de vista del cual se le vea: se
confunde eternamente entre amanecer o atardecer, entre un cálido momento traído
desde las alturas gobernadas por esa solitaria dama o una fresca brisa llevada
desde las orillas del mar. El sueño se vuelve material por momentos, efímeros
momentos llenos de vida por nosotros, pero moldeados según nuestra persona
(nuestra vida, el contexto del momento e inclusive nuestro estado de ánimo); la
pintura no es sólo la pintura, es ella y la circunstancias.
La pintura, la cual
representa un paisaje, se pone frente a nuestros ojos y nos avienta de forma
abrupta su ser, sin ser curiosamente, algo concreto realmente: se encuentra
incompleta hasta ser llenada con la perspectiva de cada uno de nosotros, está
sin rostro alguno, más bien cubierta con una máscara, la cual se muestra todo
el mundo, pero necesita ser develada a partir de cada individuo, tomarla como una ventana que está frente a nosotros y nos dejan ver lo que sólo cada uno sentimos.

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