viernes, 22 de abril de 2016

Todos en uno
Virginia Woolf en una de sus obras maestras Las Olas nos presenta el desarrollo de la vida de seis personajes: Bernard, Susan, Rhoda, Neville, Jinny y Louis. Durante la novela, a pesar de ser seis individuos, podríamos considerar que en realidad estos conforman a uno solo; o sea, los seis son uno. Es una fusión del ser, olvidarnos de la individualidad para crearnos en uno solo.
La individualidad de cada personaje es crucial en la novela porque nos permite acercarnos a su vida, el desarrollo de la misma y como perciben a los demás, pero si los vemos como un todo, podemos apreciar-valga la redundancia-todo a la vez. Dos focalizaciones: la primera dividía en seis; la segunda como un conjunto de las seis.
  
Durante la clase del día 19 de abril creamos estos dos dibujos: 


      
Nuestro proceso creativo se basó en una de las imágenes que vimos de la presentación; ésta eran unas máscaras colgando, las cuales expresaban diversos sentimientos; enojo, tristeza, felicidad-de entre los que recordamos-sin embargo, lo importante era el hecho de-justamente-estar colgando, pues nos dejaba una libre interpretación, si simplemente estaban colgadas en algún lugar o alguien sujetaba sus hilos y colgaban desde sus manos. Partiendo de esta última premisa, empezamos a discutir, cómo las máscaras no solo cubren el rostro de alguien, lo ocultan, sino también se funden con éste; y dos rostros forman una sola identidad.
Trazamos unas líneas sobre la cartulina, verticales y ligeramente onduladas la mayoría-solo unas fueron rectas-para dar la ilusión de hilos manejando las máscaras que momentos después creamos. Las máscaras sólo pueden hablarnos a través de sus expresiones; y no pueden comunicarnos más que eso. Debajo de éstas, una suerte de escenario donde se representan las mismas, ¿en el teatro de la vida quizá?
La idea inicial era recrear este sentido de las distintas personalidades que embargan a un ser humano durante el trayecto de toda su vida, provocar y tal vez decirle sínica y directamente al espectador “Si, eres tú y todas esas personalidades de las que dices no tener ni mostrar nunca”, sin que hubiera un cuerpo de por medio, porque, desde una primicia, no hay cuerpos que nos digan como son, las caras nos muestran lo que en verdad demuestran, pero cavilamos y creímos que tomar un arquetipo de persona “Feliz” sin una cara específica, podría ayudar más con esta idea de hacer más claro el cambio de máscaras.

Si volteamos la cartulina nos encontramos con un hombre sin rostro, en quien están amarradas, por todo su cuerpo, las cuerdas. Sin embargo no es como tal el titiritero de las máscaras, pues no las controla con sus manos, sino con su cuerpo, parecería entonces que las máscaras y ese hombre funcionan en conjunto. El hombre no tiene un rostro particular porque cualquier máscara es su máscara; todas pueden serlo; todas hacen a un solo individuo: tal y como sucede en la obra de Las Olas.

            Para la creación del reverso de la cartulina, nos pusimos a reflexionar, justamente, sobre la posible interpretación de como los seis amigos pueden ser una sola persona; además, como finalmente, están unidos por algo, tienen un vínculo; por ello este hombre representa el vínculo que “une” a todas las máscaras haciéndolas una. Una sola entidad con muchos rostros; jamás definida por completo, empero, la cual las mueve ante el mundo, yéndose y regresando, ya fuera más fuerte, o con más calma, personalidades llenas de todas las emociones, personalidades que van y viene cual marea, como olas, o en mejor dicho como esas olas.

viernes, 15 de abril de 2016

El vacío de la incomunicación en las obras de Guimarães

Es difícil encontrar una explicación completa y general de lo que provoca leer a Guimarães  Rosa, o diciéndolo mejor leerlo gracias al traductor que con su mayor entendimiento supo darle la misma intención, quiero pensar.
Historias que incitan a leer y releer, de pensar y de creer en verdad lo que se lee, sentir la inquietud de no saber el porqué de estos relatos que parecen necesitar de algo más, de algo menos escandaloso, de algo incitante a una necesidad directa para el lector por aceptarla de manera tan tajante la muerte: tal y como haya sido quien se va.
El ser efímero que somos ante el instante-ser en donde una decisión, una acción, eso que llevan hasta el final los personajes de tan nostálgicos cuentos y que son perjudiciales desde el inicio de la historia, en donde la tragedia está marcada al empezar el relato, desencadenando una narración embellecida con el mapa geográfico y climático; donde si la historia es amarga como en Los Hermanos Dagobé la sensación de venganza, de odio, dolor, y resignación, van envueltas en el peor de los tiempo, bajo la lluvia con dirección a donde todos duermen.

Así pues en el cuento de El caballo que bebía cerveza tenemos a un extranjero, alguien a quien por la barrera del idioma no podríamos comprender del todo, hospedado en una casa oscurecida por los árboles, reflejando la condición de que hay algo oculto y sombrío, lo cual no nos permite acercarnos hacia esta persona. El rechazo de los lugareños hacia el italiano; el ser extraño, el extranjero, la otredad, se pueden apreciar en la sensaciones que nos va legando el cuento conforme a lo leemos.





En esta imagen vemos a un caballo disecado, justo como en el cuento, pero más allá de sólo ver a un animal sin vida, nos podemos imaginar, la extrañeza e incomprensión que sintió el protagonista al verlo dentro del cuento. El no entender porque el italiano tenía a una espantosidad así dentro de su hogar: espantosidad relacionada con el horror que había sufrido en la guerra y que día con día veía reflejada en su hermano mutilado.
Cabe señalar que una fascinante peculiaridad en estos textos es un juego, quiero creer que es directamente del autor y no del traductor, y hablo de un uso extremo de las comas, que sin duda alguna llenan de distintas formas alguno huecos que se dejan si se lee distinto, y por ende invitan a leer hasta lograr crear esa noción pragmática de lo que dice o bien nosotros interpretamos. Me parece importante señalarlo pues como bien sabemos, los autores llegan a reflejar algo de sí mismos en sus textos sin la necesidad de exponerse tal cual con nombre, apellido y oficio en sus historias, sin embargo, dejan notar un estilo peculiar, donde pueden sobresalir aspectos de la forma en como él quería que se leyera lo que escribía, pueden ser suposiciones o bellas maneras de contar una muerte, según se lea.
Sin embargo, lo más curioso del autor, bien puede ser su deseo de comunicar el grave problema de la incomunicación dentro de sus cuentos. En La tercera orilla del río vemos más agravado este problema por suponerse entre miembros de una misma familia padre-hijo son incapaces de entenderse, por parte del padre por alejarse de su familia sin dar explicaciones, y por parte del hijo sin poder entender por qué lo hiso; por más que trata de hacerlo durante años, al final de la vida del padre, cuando quizá tuvo una ligera oportunidad de comprenderlo, de que todos los años invertidos diesen frutos, simplemente reniega del padre y huye, al final no quiso comprender.

 






Comparando el cuento con esta imagen tenemos la imposibilidad de acercarnos a la civilización, la cual se encuentra más allá de cualquiera de las dos orillas de este río. Al igual que en el cuento la imagen nos muestra una barcaza a la deriva incomunicada con el resto del mundo, toda una vida sin tocar tierra, sin hablar con las personas; yendo a ningún lado sin ninguna razón. Así la vida, según Guimarães, al igual que estar en la tercera orilla del río se caracteriza por el aislamiento en un mundo delimitado por otras dos orillas más. Fuera de ti (tu orilla) no puedes darte a entender con los demás completamente, ni ellos para contigo. En la imagen se aprecia la inmensidad de un río y el abandono por parte de cualquier otra persona, que si bien en el cuento tenemos al hijo con el padre, estos jamás se llegaron a entender, era una soledad acompañada pero tan incomprensible que no dejaba de ser solitaria.

El retrato de sus raíces, del lugar de donde proviene, las historias que cuenta y la forma en cómo va llevando dichas acciones a un desenlace poco esperanzador, provoca-en verdad provoca-de manera muy directa y agresiva al lector; hace entrar en una situación un tanto desesperada, en donde la fe en los seres humanos es poca o casi nula, pero el actuar de diversos personajes en los cuentos; La tercera orilla del río, Los hermanos Dagobé y El caballo que bebía cerveza, en donde la incomprensión de acciones por parte de estos sujetos, son el desarrollo de las mismas, son de cierta manera tomadas como decisiones poco razonables, sin fundamentos y por ende muy cuestionables dentro de su miasma comunidad, pero para cada caso el desarrollo, obviamente distinto, llega a dejar una sensación de insatisfacción, donde nunca se llenó ese vació que hizo que la tinta de la pluma de Gimarães no dejara de escribir, y dejarnos a nosotros igual, con temor y anhelo de saber qué pasó.

viernes, 26 de febrero de 2016

Las palabras mágicas de Proust

Paul Cézanne

 

                                                      El cuadro de Cézanne
Parece como si estuviera amaneciendo, como si la puesta de sol anunciara el momento del día, la luz pareciera encandilarnos al acercar mucho la vista. Es así como tal  cual se nos presentaba en la obra; a uno le parecía indicar del inicio de la jornada, en cambio a otro podría argumentar que más bien era de inicio de medio día. Para uno el sol apenas salía, para el otro ya se está ocultando. Posiblemente nuestras perspectivas son influidas por el contexto en el cual vivíamos, todo pareciera un asunto de perspectivas; cada una formada con diferente contexto dependiendo la persona, claro está.
            Cada persona le asigna su interpretación a cada pintura, que ve; es lo hermoso del arte, es libre de interpretación al final. Uno puede ver la última cena y más allá de ver a Jesucristo con sus apóstoles en un acto religioso, uno puede interpretar la cena de un hombre con sus amigos por última vez (reducirlo de lo divino a lo mundano). En este caso, con esta pintura, algo parecido. Aquí el arte se apropia de del ser de la pintura, se desdobla y va más allá de la simple puesta de muelle o campo mostrada; parece que es lo que uno quiere que sea desde la perspectiva (tanto física como emocional) en la cual se le contemple.
            Marcel Proust en el tercer capítulo titulado, “Días”, de su inacabado libro de ensayos Contra Sainte-Beuve nos habla de las sensaciones provocadas por los sentidos y como se le les da rostro a esos sentidos; pareciera que el cuadro fue echo para que Proust, posteriormente escribiera la líneas más apegadas a la sensación de mimar este cuadro:
Así, un paisaje entero ponía toda su poesía en un ser. Así cada uno de mis vernos tuvo el rostro, la forma de un ser y la forma de un país, mejor dicho la forma misma de un sueño que era el deseo de un ser y de un país, que yo confundía en seguida…[1]
Y lo bello de eso dicho por Marcel Proust es como intenta materializar lo inmaterial: la poesía contemplarla como si fuera un paisaje. Lo curioso es como puede ser cierto eso. La pintura en sí pareciese ser un sueño inmaterial queriéndose volver tangible; esos colores tan candentes y cálidos proyectados por el sol que hacen sentir a uno cercano a la pintura, pero  a su vez contrastan con el frío del agua y la lejanía proyectada por el fondo haciendo sentir a uno que la mirada se le pierde en el horizonte. Es un sueño queriendo materializarse pero sin llegar  a conseguirlo pues su misma naturaleza se lo impide. Mientras tiene la posibilidad de hacernos imaginar cómo sería si fuese real, también nos aleja pues sabemos lo irreal que es, solo existe en nuestra visión como espectadores. Funde lo real con lo irreal, justo como un sueño, nos hace creer en su existencia, pero justo cuando creemos atraparlo y ponerle un rostro, se nos desvanece con el despertar matutino.
            Desde la perspectiva en la cual uno ve el cuadro permite crearnos en nuestra mente el rostro de la pintura; si uno ve un colorido amanecer podría figurársele encontrar una escena vivida del día cunado está empezando; o bien desde otra perspectiva más vespertina pensar en la final de una jornada y la agitación que conlleva en sí.
Tenemos un paisaje deseando llegar a ser algo, de formarse una identidad a través de sus espectadores; tiene una distinta forma asignada por cada cual de éstos, está en busca de su ser usando a terceros, sin embargo, y por lo mismo, su ser jamás está definido pues siempre dependerá del punto de vista del cual se le vea: se confunde eternamente entre amanecer o atardecer, entre un cálido momento traído desde las alturas gobernadas por esa solitaria dama o una fresca brisa llevada desde las orillas del mar. El sueño se vuelve material por momentos, efímeros momentos llenos de vida por nosotros, pero moldeados según nuestra persona (nuestra vida, el contexto del momento e inclusive nuestro estado de ánimo); la pintura no es sólo la pintura, es ella y la circunstancias.
La pintura, la cual representa un paisaje, se pone frente a nuestros ojos y nos avienta de forma abrupta su ser, sin ser curiosamente, algo concreto realmente: se encuentra incompleta hasta ser llenada con la perspectiva de cada uno de nosotros, está sin rostro alguno, más bien cubierta con una máscara, la cual se muestra todo el mundo, pero necesita ser develada a partir de cada individuo, tomarla como una ventana que está frente a nosotros y nos dejan ver lo que sólo cada uno sentimos.





[1] Proust, Contra Sainte-Beuve: contemplaciones de una mañana, p. 19

viernes, 19 de febrero de 2016

El Cristo de Siqueiros; "Ya pintaba en el vientre de mi madre"



                                                                                   David Alfaro Siqueiros 
                                                              (1896, Chihuahua-1974, Cuernavaca, Morelos)
                                                             Boceto para el mural exterior El Cristo, ca. 1965
 
Esta magnífica obra del gran muralista mexicano David Alfaro Siqueiros ubicada a mediados de los años sesenta es una muestra perfecta de lo revolucionario de este artista-tanto en sus trazos y técnica, como en el tema propuesto, así como sus ideales-que justamente surgió en tiempos de revueltas estudiantiles y cuando el mundo se agitaba por la necesidad de un cambio social.

México a mediados de los años sesenta era un país agitado por todos los movimientos sociales gestándose  en el interior de la república a causa del sistema opresor al cual la juventud estaba siendo sometida. En diversas partes del mundo-sobre todo en el norte con los gringos y sus hippies-habían movimientos estudiantiles que abogaban por un cambio en la sociedad. En ese contexto ubicamos  a El Cristo, en una época de estruendo social, donde se replanteaban sus valores; momento ideal para dicha gestación de una figura tan solemne  como del redentor Jesucristo.

A pesar de ser un hombre intelectual no por ello era una persona que no impusiera  respeto. Fue un personaje bastante luchador en lo referente a luchas sociales en México y en el mundo. A principios de los años veinte se encontraba en París donde las huelgas de los obreros franceses lo inspiraron a unirse al comunismo. Fue hecho prisionero alrededor de seis veces a lo largo de su vida. Pelea en el bando Carrancista durante la revolución mexicana.  Durante toda su vida se proclama comunista, y además, fue sindicalista de los artistas y obreros. Por lo anterior mencionado es que sus obras están inspiradas en luchas sociales identificadas con el socialismo, o también, tiene mucho que ver con las clases marginales así como la miseria humana.

Su estilo es esquemático; intenta dar dinamismo a la figura para crear movimiento, puesto que a pesar de parecer estática la figura de Cristo, las ondas líneas que lo rodean dan la sensación de que estuviese en movimiento.

La técnica, lo que distingue a un hombre que nace con el talento empírico como lo es Siqueiros, de un hombre que por pasión y dedicación, desarrolla una manera fantástica de retratar la realidad. La técnica  que no se ha visto en nadie más,  un brochazo de sentimiento por aquí, un pincelazo de demanda política por acá, la técnica que busca una revolución, se asimila en el artista.

Después de todo lo anterior mencionado, y de observar la pintura, la actualización dada sería la de que esa pintura se adecua a nuestros tiempos "Posmodernos2 en el sentido de significar el rechazo de Cristo hacia nuestra sociedad. Si bien cuando fue pintada tenía más o menos la misma intensión, hoy día, la sociedad se ha corrompido mucho más de que cuando Siqueiros la pintó. Hay una latente decepción de Jesús en su mirada que corresponde muy bien a esta época al olvidarse todavía más los valores por los cuales se sacrificó. Lo podemos ubicar muy bien en nuestros tiempos porque aquí un calvario como el suyo puede ser visto con poca importancia ante un mundo que presta casi nada de atención a las tragedias; indiferente hacia el dolor; y que solamente le importa lo material. 

¿Este Cristo reniega de su sacrificio?, los colores, las curvas y la ligera sonrisa de una alma quebrantada encaja casi por sí sola a esta comunidad de hombres y mujeres que ver el rojo en la carne del hombre ya no asombra.  

Bibliografía: Tcherkaski, José. Conversando con Siqueiros "Ya pintaba en el vientre de mi madre", Lugar Editorial, Buenos Aires, 2010