Es difícil encontrar una explicación completa y general
de lo que provoca leer a Guimarães Rosa,
o diciéndolo mejor leerlo gracias al traductor que con su mayor entendimiento
supo darle la misma intención, quiero pensar.
Historias que incitan a leer y releer, de
pensar y de creer en verdad lo que se lee, sentir la inquietud de no saber el
porqué de estos relatos que parecen necesitar de algo más, de algo menos
escandaloso, de algo incitante a una necesidad directa para el lector por
aceptarla de manera tan tajante la muerte: tal y como haya sido quien se va.
El ser efímero que somos ante el instante-ser en donde una decisión, una
acción, eso que llevan hasta el final los personajes de tan nostálgicos cuentos
y que son perjudiciales desde el inicio de la historia, en donde la tragedia
está marcada al empezar el relato, desencadenando una narración embellecida con
el mapa geográfico y climático; donde si la historia es amarga como en Los Hermanos Dagobé la sensación de
venganza, de odio, dolor, y resignación, van envueltas en el peor de los
tiempo, bajo la lluvia con dirección a donde todos duermen.
Así pues en el cuento de El caballo que bebía cerveza tenemos a un extranjero, alguien a quien por la barrera del idioma no podríamos comprender del todo, hospedado en una casa oscurecida por los árboles, reflejando la condición de que hay algo oculto y sombrío, lo cual no nos permite acercarnos hacia esta persona. El rechazo de los lugareños hacia el italiano; el ser extraño, el extranjero, la otredad, se pueden apreciar en la sensaciones que nos va legando el cuento conforme a lo leemos.
En esta imagen vemos a un caballo disecado,
justo como en el cuento, pero más allá de sólo ver a un animal sin vida, nos
podemos imaginar, la extrañeza e incomprensión que sintió el protagonista al
verlo dentro del cuento. El no entender porque el italiano tenía a una
espantosidad así dentro de su hogar: espantosidad relacionada con el horror que
había sufrido en la guerra y que día con día veía reflejada en su hermano mutilado.
Cabe señalar que una fascinante peculiaridad
en estos textos es un juego, quiero creer que es directamente del autor y no
del traductor, y hablo de un uso extremo de las comas, que sin duda alguna
llenan de distintas formas alguno huecos que se dejan si se lee distinto, y por
ende invitan a leer hasta lograr crear esa noción pragmática de lo que dice o
bien nosotros interpretamos. Me parece importante señalarlo pues como bien
sabemos, los autores llegan a reflejar algo de sí mismos en sus textos sin la
necesidad de exponerse tal cual con nombre, apellido y oficio en sus historias,
sin embargo, dejan notar un estilo peculiar, donde pueden sobresalir aspectos
de la forma en como él quería que se leyera lo que escribía, pueden ser
suposiciones o bellas maneras de contar una muerte, según se lea.
Sin embargo, lo más curioso del autor, bien
puede ser su deseo de comunicar el grave problema de la incomunicación dentro
de sus cuentos. En La tercera orilla del
río vemos más agravado este problema por suponerse entre miembros de una
misma familia padre-hijo son incapaces de entenderse, por parte del padre por
alejarse de su familia sin dar explicaciones, y por parte del hijo sin poder
entender por qué lo hiso; por más que trata de hacerlo durante años, al final
de la vida del padre, cuando quizá tuvo una ligera oportunidad de comprenderlo,
de que todos los años invertidos diesen frutos, simplemente reniega del padre y
huye, al final no quiso comprender.
Comparando el cuento con esta imagen tenemos
la imposibilidad de acercarnos a la civilización, la cual se encuentra más allá
de cualquiera de las dos orillas de este río. Al igual que en el cuento la
imagen nos muestra una barcaza a la deriva incomunicada con el resto del mundo,
toda una vida sin tocar tierra, sin hablar con las personas; yendo a ningún
lado sin ninguna razón. Así la vida, según Guimarães, al igual que estar en la
tercera orilla del río se caracteriza por el aislamiento en un mundo delimitado
por otras dos orillas más. Fuera de ti (tu orilla) no puedes darte a entender
con los demás completamente, ni ellos para contigo. En la imagen se aprecia la
inmensidad de un río y el abandono por parte de cualquier otra persona, que si
bien en el cuento tenemos al hijo con el padre, estos jamás se llegaron a
entender, era una soledad acompañada pero tan incomprensible que no dejaba de
ser solitaria.
El retrato de sus raíces, del lugar de donde
proviene, las historias que cuenta y la forma en cómo va llevando dichas
acciones a un desenlace poco esperanzador, provoca-en verdad provoca-de manera
muy directa y agresiva al lector; hace entrar en una situación un tanto
desesperada, en donde la fe en los seres humanos es poca o casi nula, pero el
actuar de diversos personajes en los cuentos; La tercera orilla del río, Los hermanos Dagobé y El caballo que bebía
cerveza, en donde la incomprensión de acciones por parte de estos sujetos,
son el desarrollo de las mismas, son de cierta manera tomadas como decisiones
poco razonables, sin fundamentos y por ende muy cuestionables dentro de su
miasma comunidad, pero para cada caso el desarrollo, obviamente distinto, llega
a dejar una sensación de insatisfacción, donde nunca se llenó ese vació que
hizo que la tinta de la pluma de Gimarães no dejara de escribir, y dejarnos a
nosotros igual, con temor y anhelo de saber qué pasó.


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